Museo de Naturaleza y Arqueología
Publicado el 22/08/2019

Artículo de divulgación: «Urbes en órbita», por Fátima Hernández Martín

Todos juntos, como una familia errante, deseosa de encontrar cobijo, un lugar donde refugiarse, marchaban unidos. Los más jóvenes daban saltos, ajenos a toda hostilidad que parecía percibirse desde el exterior, desde cualquier lugar en que esperaban ubicarse, a ratos, a solas…cansados. Aún recordaban cuando –incautos- intentaron colarse en un local vacío, lúgubre y siniestro, que había sido desalojado hacía un mes, a la fuerza, y que se hallaba anexo a un bloque de viviendas abandonado. También, cómo con extraños gritos, casi estertóreos, unos enigmáticos individuos los habían echado, lanzándoles desde arriba, desde lo alto, objetos (especialmente ramas y piedras) que sus contrincantes encontraban –rebuscando desesperados- ente el fango y el lodo de aquel solar descuidado en el límite de la urbe populosa y moderna. Padres e hijos, a duras penas, finalmente, encontraron un pequeño hueco, el inicio de un túnel angosto, quizá otrora una tubería ancha para transporte de agua, situado junto a la ventana de lo que parecía había sido, no mucho tiempo atrás, la habitación que había ocupado una familia, tal vez numerosa, que –a buen seguro- conocían, habrían visto en el curso de sus alegres y revoltosas incursiones, durante interminables paseos cotidianos, en otros tiempos, cuando reinaba la felicidad absoluta en aquel hermoso enclave, antes de que todo ocurriera y tuvieran que huir presurosos. Con mucha dificultad, después de entrar por un agujero estrecho y maloliente con paredes plagadas de unas extrañas criaturas que los pequeños del grupo identificaron, entusiasmados y felices, como larvas de gusanos, se colocaron apretados, en un intento por darse calor, con la ilusión de saberse arropados ante la incertidumbre del devenir. Temblaban, sobre todo los pequeños, manteniendo sus ojos casi cerrados de temor, al creer que –de repente- alguien robusto y haciendo alardes de fuerza inusitada podría expulsarles de allí, de aquella solitaria y sucia, aunque tranquila estancia, donde ellos habían decidido fundar su casa y -la madre– cuidar de su prole con vehemencia no exenta, en ciertos momentos, de enigmáticos chillidos. Pronto –en primavera- aumentaría la familia y el padre, aún inexperto y nervioso, buscaba un espacio seguro en el que dejarlos cuando fuera a por comida, en el ánimo de que todos marchasen –un día- hacia el exterior, salieran independientes a la vida. De repente, todos se miraron y crascitaron al unísono… ¡esto sí es un hogar!

Epílogo.-  Cuenta Beans (2019) que, durante la Revolución Industrial en Inglaterra, los bosques que rodeaban las ciudades se cubrieron de hollín. Allí, en esos bosques, se desarrollaba la polilla moteada (Biston betularia), cuyas poblaciones podían presentar tonalidad clara o bien oscura. Los pájaros hambrientos que se alimentaban de ellas, daban cuenta en especial de las más claras, ya que las otras se camuflaban mejor en los entornos manchados de negro por el humo de las fábricas, que por entonces empezaban a desarrollarse, y la población de polillas claras empezó a ser menos dominante, a descender notablemente. Con los años y al mejorar los niveles de contaminación, los individuos claros volvieron a ser más comunes (Walton & Stevens, 2018). Esto es, evidentemente, una clase de selección típica, muy conocida, bajo condiciones urbanas muy críticas, pero genera reflexión en relación a la evolución de la biodiversidad en ciudades (adaptación de poblaciones a situaciones hostiles) (Leong et al., 2018; Santangelo et al., 2018).

Recordemos que, según Zhou et al. (2019), las áreas urbanas albergan/concentran a la mayoría de la población mundial, esperándose –además- que en el año 2050 se alcance la cifra de diez mil millones de habitantes totales en un planeta que muestra signos evidentes de no poder alimentarnos a todos. De toda esa población, 2,5 billones serán urbanitas (Gifreu, 2018). Según la ONU, estas áreas urbanas representan el 75% del consumo del agua dulce global y el 76% de los productos de bosques, generándose desde las ciudades –por otro lado- el 75% de las emisiones de carbono a la atmósfera (entre el 60 al 80 % del consumo de energía). Sin embargo, aunque las urbes aportan más del 75% del PIB mundial, no han sido área focal de trabajo para asuntos relacionados con su entorno natural más cercano (Zhou et al., 2019).

Según Santangelo et al. (2018), la urbanización se asocia con numerosos cambios en el ambiente biótico y abiótico que alteran la estructura y función de los ecosistemas y degradan la biodiversidad. Por ejemplo, las ciudades tienen una mayor contaminación, una alta fragmentación del hábitat y temperaturas más cálidas que los hábitats no urbanos circundantes (el conocido efecto heat-island, isla de calor). Estos cambios ambientales se vinculan con un aumento de especies no autóctonas y la erosión de la estructura, dinámica y diversidad de especies nativas dentro de comunidades ecológicas.

Expertos en ecología urbana, en la actualidad, han detectado sorprendentemente un aumento de biodiversidad en ciertos espacios urbanos abandonados, más allá de los cuidados jardines colindantes con los centros, lugares donde se producen –además- curiosos fenómenos. Así, Kowk (2018) expone que si, en algunas ciudades americanas, los abejorros (género Bombus) estaban desapareciendo del centro de las urbes, había algunos casos excepcionales, como Detroit, con innumerables espacios vacíos (piénsese en la historia industrial de la ciudad), donde esta especie era muy abundante, algo coincidente para otros grupos de animales y vegetales. Según la autora señalada, existían accidentales oasis urbanos en lugares como bloques de viviendas o terrenos olvidados, espacios sobre los que -a partir de esas informaciones- reflexiona en su publicación (Kow, op cit.).

Y es que los investigadores han encontrado en terrenos/solares/bloques/barrios/ casas vacíos y abandonados de lo que fueron otrora populosas concentraciones industriales (caso de la mentada ciudad de Detroit) interesantes comunidades de plantas, insectos y aves (por citar algunos grupos), que proporcionan ciertas ventajas adicionales (Palta et al., 2017). Asimismo, están intentando comprender mejor cómo estos espacios ignorados de las grandes urbes pueden contribuir a la conservación de otras zonas limítrofes, considerándolos un laboratorio donde llevar a cabo experimentos y trabajos de campo muy interesantes (Kwok, 2018). También, algunos equipos (Beans, 2019) establecen que si bien, en las ciudades, las especies se transforman más rápidamente, aún no está del todo claro cuál es el proceso para que estos cambios ocurran, y cómo la urbanización incide en estos cambios, de ahí el interés de determinados y muy específicos estudios. Precisamente, Glaum et al. (2017) resaltan la importancia de la heterogeneidad en ciertas áreas verdes urbanas, espacios que se están convirtiendo en laboratorios que permiten observar cómo se desarrollan determinados grupos zoológicos, incluso especies que jamás se hubiera pensado usarían dichos enclaves (Rega-Brodsky & Nilon, 2017).

Cierto es que, para determinar el verdadero valor de conservación de algunos de estos espacios, los investigadores necesitan evaluar el balance de beneficios frente a los daños que también pueden originarse. Y si algunas especies pueden proporcionar servicios, caso del secuestro de carbono, la absorción de aguas pluviales de escorrentía o reducción de contaminación del aire, por citar solo algunos, se detectan –también- especies invasoras (Kowarik, 1995), evidentemente muy peligrosas, que desplazan a las nativas, deforman la concepción del paisaje, algo de lo que sería interesante comentar en detalle en otro artículo (Tribot et al., 2018) y pueden ser portadoras de venenos, tóxicos o atraer organismos portadores de patógenos (Hatcher et al., 2012)… De ahí que se necesiten más investigaciones para comprender estos sistemas tan particulares que, aunque olvidados, pudieran tener una función importante (incidencia decisiva en los colindantes) una vez –evidentemente- recuperados/transformados.

Según expertos, como Robinson & Lundholm (2012) o Arhné et al. (2009), los jardines u otro tipo de área verde urbana pueden servir como alternativa a los hábitats naturales para muchas especies (caso de los abejorros), pero también el paisaje urbano circundante a dichas zonas influye en la cantidad de especies que estarán presentes. La variabilidad en la abundancia de ciertas especies en áreas más urbanas puede indicar una confiabilidad más débil de la polinización del servicio del ecosistema en áreas fuertemente influenciadas por la actividad humana (Fitch et al., 2019). De hecho, el crecimiento urbano debe hacer pensar que para resguardar (mantener) el papel fundamental -por ejemplo- de los polinizadores, su valor debe formar parte de estrategias de conservación de los gobiernos, de la planificación urbana (selección cuidadosa de plantas, lugar de ubicación, estudios de seguimiento, control de repercusiones/plagas, asesoría continua de expertos…) (Baldock et al., 2015).

No olvidemos que, según el IPCC (Panel Intergubernamental del Cambio Climático), los riesgos del calentamiento global (que se potencian en el contexto de una rápida y amplia urbanización) sobre determinadas poblaciones (organismos) no son iguales (Patz & Thomson, 2018), siendo algunos grupos (ciertas especies) más susceptibles que otros a sus efectos (Fagliano & Diez Roux, 2018), en especial aquellos vinculados a las áreas de ciudades que tienen retos en relación al cambio climático. Según Gifrey (2018), si los gobiernos locales abordan enérgicamente el reto del desarrollo sostenible y el cambio climático, las ciudades pueden convertirse en parte de la solución y no en la causa del problema. Asunto que puede proporcionar algunas ventajas en dichos retos, caso de los espacios verdes (estructuras/techos verdes en azoteas y cubiertas de edificios) (green roofs) en áreas urbanas que reducen el efecto heat-island (aumento de temperatura en el centro de las urbes) al regularlo en los edificios. Esto que se conoce como efecto toldo, implica menor gasto energético, en torno a un 30%; mejora en la calidad del aire al absorber contaminantes de la atmósfera (Gifreu, 2018; Paoletti et al., 2011), recepción de agua de lluvia evitando inundaciones, favorecer el auto-consumo (desarrollo de huertos) y reducción de la emisión de CO2, por citar algunos de los múltiples beneficios (Fagliano & Diez Roux, op. cit.). De hecho, en algunos países será obligatorio para nueva construcción en el año 2025 (caso de Francia o Dinamarca con objeto de conseguir 0% de emisiones). Recientemente, Copenhague ha desarrollado un modelo para absorción de aguas, mediante la implementación de infraestructura verde, en respuesta a las inundaciones sufridas en años pasados y varias ciudades, tanto en China como en Estados Unidos, han introducido sistemas similares de diseño. Señalemos que Toronto (Canadá) ya fue la primera ciudad en América que implementó una ley en relación a los green roofs, lo que ha permitido crear 1,2 millones de metros cuadrados de techos verdes en centros comerciales, edificios institucionales, casas particulares y complejos de apartamentos, generando un ahorro energético anual de más de 1,5 millones de kilowatios/hora.

Los resultados son evidentes, y un reciente trabajo de Makido et al. (2019), sobre el impacto de vegetación en edificios (green roofs) a la hora de mitigar efectos del calor sobre materiales, señala una significativa reducción de la temperatura en todas las áreas estudiadas. Por ello, instan a los gestores a la transformación de los espacios urbanos, a fin de promover calidad de vida en los residentes, así como una mayor resiliencia frente al calentamiento.

De hecho, según Gifreu (2018), las ciudades pueden ser líderes y protagonistas de las estrategias de cambio climático, debido a su capacidad para impulsar soluciones integradas tanto a nivel de mitigación como de adaptación a sus efectos.

Según la autora antes señalada (Gifreu, 2018), el tratamiento holístico del desarrollo urbano —que, sin duda, se ve beneficiado por la concienciación y participación ciudadana en la toma de decisiones públicas— proporciona una visión general privilegiada a la hora de corregir las disfunciones existentes, favoreciendo la resolución de los problemas y elevando la calidad de vida urbana. La adopción de criterios y determinaciones debe responder a requerimientos ligados a la creación de empleo, la calidad del aire, la erradicación de la pobreza, la regeneración y renovación de las áreas centrales, la mejora de barrios marginales, la construcción de viviendas, servicios e infraestructuras asequibles y la gestión armónica de las infraestructuras, los espacios urbanos verdes y de las áreas rurales circundantes. Y todo ello mediante el uso eficaz y sostenible de los recursos naturales, la protección de los ecosistemas urbanos y de los espacios rurales en continuidad y el fomento de las energías y las tecnologías no contaminantes. Asimismo, de acuerdo con Natário (2017), si bien los programas urbanos forestales y las iniciativas de plantación de árboles son aplicados en muchas ciudades para mitigar los efectos del cambio climático, mucho más desconocido es su papel para incrementar la capacidad de adaptación y resiliencia urbana, lo que constituye un nuevo paradigma que requiere un cambio en el modelo de gestión para asegurar su efectividad

Según Frantzeskaki et al. (2019), las ciudades pueden, mediante soluciones basadas en la naturaleza, adaptarse a los efectos negativos del calentamiento y considera el importante papel de la ciencia urbana en relación a los problemas que se presentan.  Por ejemplo, en la ciudad de Nueva York, se desarrollan interesantes proyectos de techos verdes (green roofs) que se están adoptando como soluciones basadas en la naturaleza para mitigar el efecto isla de calor, provocado por el calentamiento (McPhearson et al. 2018). Infraestructuras verdes híbridas (también) que pueden ser fuente de beneficios para pequeñas y grandes empresas, caso de producción de alimentos (huertos urbanos), nuevos espacios para recreación y beneficios culturales, así como oportunidades para la captura de aguas pluviales... Otro ejemplo lo podemos observar en Londres, con innovadores proyectos de cierre de ciertas vías, antaño muy transitadas, que en la actualidad permiten recoger la lluvia, mediante sistemas especiales desde los tejados de edificios en cajas de almacenamiento y cuyo desbordamiento se captura en contenedores especiales y se destina a jardines con flores silvestres, hierbas y plantas atractivas para los insectos (con clara repercusión en polinización: Winfree et al., 2011; Baldock et al., 2015). Ambas ciudades se hallan situadas (junto con Singapur o Edimburgo por solo citar algunas) en lugares preferentes del ranking de aquellas que están implantando modelos de sostenibilidad de cara al futuro que les/nos espera.

 Como hemos señalado previamente, si bien ha habido décadas de investigación que ha examinado la afectación del cambio ambiental urbano sobre comunidades biológicas que viven en ciudades, y sus interacciones, solo recientemente los investigadores han comenzado a explorar cómo afecta en concreto a la evolución de dichas especies. Una mayor comprensión de cómo se desarrollan la fauna y la flora en entornos urbanos proporcionará una visión más detallada de problemas biológicos fundamentales y facilitará el diseño de ciudades más sostenibles (Muratet et al., 2007; Loorbach et al., 2017). De ahí la necesidad, también, de preparar/educar (léase vías diversas para ello) a los que viven en las ciudades acerca de cómo contribuir a la conservación de las especies en enclaves urbanos. Para ello es importante gestar y dirigir programas de educación y divulgación (Mckinney, 2002), donde pueden estar involucradas instituciones de diverso tipo (entre ellas los museos de ciencias naturales, evidentemente).

Precisamente, un interesante trabajo de Gardiner et al. (2013), habla de hacer transformaciones en espacios urbanos abandonados o en los propios edificios (recubrimientos, azoteas), cambios no solo ecológicos, también estéticos y sociales (huertos, recuperación de zonas, etc…), lo que incidirá en la salud mental de sus habitantes (Cox et al., 2017). Según Gardiner et al. (2013), la gente que vive en entornos con altos porcentajes de vegetación y en contacto con fauna diversa, ve reducidos sus estados de depresión, ansiedad y estrés. Además, los ciudadanos suelen presentar un aprecio especial (en muchas ocasiones) por disfrutar de la presencia de determinadas especies, caso de las de avifauna (por lo delicioso de sus cantos) (Clergeau et al., 2001; Sanderson et al., 2108).

Se trataría, en definitiva, según los expertos, en crear más espacios de naturaleza (o modificar específica y adecuadamente otros ya existentes) que beneficien al medio ambiente (del ciudadano en este caso), eviten la contaminación, y que – a buen seguro- serán ocupados paulatinamente por determinados vegetales y animales, como fue el caso de una familia de cuervos (Corvus corax), que aparecieron un buen día en un enclave abandonado del extrarradio de una lejana ciudad, no recuerdo el nombre, para hacer sus nidos y cuidar su prole, con la única esperanza -como todo ser viviente- de tener… futuro.

FOTOGRAFÍAS QUE ILUSTRAN EL ARTÍCULO

BIBLIOGRAFÍA

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Nota.- La autora agradece al Dr. Timon McPhearson, Director en el Urban Systems Laboratory, The New School; y Associate Professor of Urban Ecology, New York, la cesión de algunas imágenes (están reseñadas) para este artículo. Asimismo, a la Dra. Niki Frantzeskaki (Professor and Director Centre for Urban Transitions Faculty of Health, Arts and Design, Swinburne University of Technology Melbourne, Australia) por su amabilidad a la hora de proporcionar información sobre el tema.

La Dra. Fátima Hernández Martín es Directora del Museo de Ciencias Naturales de Tenerife

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