Centro de Documentación de Canarias y América
Publicado el 21/06/2019

Intemporales: «Capricho de verano»

Desde el CEDOCAM les invitamos a leer esta interesantísima poesía que el CEDOCAM ha seleccionado para su sección «Intemporales» de esta semana. El poema es de Nicolás Estévanez (1838-1914) y pertenece al Fondo Estévanez del Centro. Fue escrita en Cascais (Portugal) en 1874.

Nicolás Estévanez nació en el seno de una familia burguesa. Tuvo tres hermanos (Francisco, Diego y Patricio) y dos hermanas (Cristina e Isabel). La temprana muerte de sus padres, en 1862, y del resto de sus hermanos y hermanas, entre 1866 y 1867, supuso un duro golpe para Nicolás y Patricio quienes, después de ello, forjaron una estrecha relación, que se mantuvo a lo largo de los años y en la distancia a través de numerosa correspondencia.

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Transcripción

Capricho de verano

Nada el gallego en el Miño,

el astur en el Nalón,

el castellano en el Duero,

y en el Océano yo.

....................................

Cada cual prefiere el río

en donde aprendió a nadar;

unos el Guadalquivir,

otros el Guadalaviar.

Cada cual ama su río,

el río de su lugar,

el que riega su campiña

el que ve desde su hogar.

Yo que tengo por familia

a toda la humanidad,

y por patria el Universo,

y por religión Amar,

con el pensamiento fijo

en mi sublime ideal,

adoro todos los ríos

que acoge en su seno el mar.

......................................

Cada cual prefiere el río

donde a nadar aprendió:

el Tajo los portugueses

y los vascos el Nervión.

Huyendo del despotismo

me tuve que refugiar

en los bosques solitarios

de una sierra sin igual.

En aquella inculta sierraencontré la libertad

y perspectivas agrestes,

y una existencia frugal.

Hoy recuerdo con delicia

la noble hospitalidad

que los bravos montañeses

me dieron sin vacilar,

las zagalas que corrían

del arroyo al colmenar,

y aquel apacible encanto

que en la agreste soledad

entre la tarde y la noche

impulsábame a cantar

¡Bendita sea la sierra

y maldita la ciudad!

Pero lo que más recuerdo,

lo que no quiero olvidar,

lo que vive en mi memoria

más que la hospitalidad,

más que la fruta sabrosa,

más que el ambiente sin par,

y más que las zagalillas

que corrían con afán

del colmenar al arroyo

del arroyo al colmenar,

es la [gruta] misteriosa

donde en un laurel están

mi nombre y el tuyo escritos

al borde de un manantial

Zaragoza tiene el Ebro,

Sevilla el Guadalquivir,

Toledo tiene su Tajo,

y Granada su Genil.

...............................

Muchos ríos llevan oro

y arenitas los demás,

¡quién sabe lo que se oculta

en los abismos del mar!

....................................

En sus abismos el mar

con ser inmenso y poblado,

no guarda tantos secretos

como el corazón humano.

.......................................

Suelen vivir mucho tiempo

y no se olvidan jamás,

el serrano del torrente,

ni el isleño de la mar.

.................................

Hay diques para las olas;

para los golfos hay barcos;

pero no hay barcos ni diques

para el arroyuelo manso

de una idea que se apoya

en la fe y el entusiasmo.

Huyen de la tierra esclava

los ríos hacia la mar,

y yo voy como los ríos

en pos de la libertad.

En el Océano libre,

libre como el huracán,

no hay leyes ni soberanos

que opriman la voluntad.

El murmullo de las olas

y la agitación del mar,

los rompientes, las espumas

y la ronca tempestad,

semejan las convulsiones

de la turba popular,

y el espectáculo hermoso

y la augusta majestad

de los pueblos que combaten

sin ceder ni vacilar.

Bellas son las orillas nebulosas

del caudaloso Rhin;

encantadora la florida margen

del rápido Genil;

deliciosas aguas trasparentes

del dulce Yumurí

pero ninguno de las musas gloria

como el Guadalquivir.

El anchuroso Plata, que fecunda

la América feliz;

el inmenso Amazonas, verdadero

monarca del Brasil;

los que enriquecen la corriente vasta

del gran Missisipí,

no inspiran al artista y al poeta

como el Guadalquivir.

El anchuroso Plata, el Amazonas,

el blando Yumurí,

el caudaloso Rhin con sus baladas,

el plácido Genil,

el que habitan los genios y las musas,

veloz Guadalquivir,

cual leves gotas de la mar se pierden,

en las ondas sin fin.

Mis dolores y alegrías

a la postre acabarán,

como el Tormes en el Duero

y como el Duero en el mar.

...........................................

Aníbal el africano

en el Tiber se bañó,

y en el misterioso Nilo

el primer Napoleón;

en el Rhin, de limpias ondas,

Julio César vencedor;

en el Gránico, Alejandro;

en el Betis, Scipion;

de Méjico en las lagunas

Cortés el conquistador;

del Sena las libres aguas

más de un tirano enturbió,

y las del Neva y el Tajo,

y el Danubio, y el Shanon;

pero las del Manzanares...

las del Manzanares, no.

No hay río en el Universo

que no tenga su rival:

de Almendares, Yumurí;

de Amazonas, Paraná;

del viejo Ganges, el Yndo;

del Níger, el Senegal;

como del Ródano el Sena,

y el Támesis, el Tay,

y del turbio Manzanares...

el arroyo Abroñigal.

Por las áridas llanuras

de Castilla y de la Mancha,

se desliza lentamente

el arenoso Guadiana

convidando a los manchegos

con sus cristalinas aguas.

Pero allí beben los hombres

en la fuente de la parra;

las candorosas mujeres

ni las manitas se lavan;

los labradores cultivan

únicamente patatas,

y nadie toma del río

ni una triste gota de agua.

Sintiendo el Guadiana undoso

la ingratitud de su patria,

se oculta bajo la tierra

en espumosa cascada.

Por las incógnitas vías,

por las sendas subterráneas

que abrió la Naturaleza

en justísima venganza,

corren perdidas las puras

linfas del fresco Guadiana.

.....................................

También el Ariguanabo

bajo una ceiba se oculta,

para no ver los horrores

que aniquilarán a Cuba.

Desde la loma del Gallo

desciende, blanco de espuma,

rebosando de alegría,

de abundancia y de frescura;

y al contarle sus afluentes,

los que la patria fecundan,

que vienen ensangrentados

por la más infausta lucha,

que hay privilegios de raza,

que a los débiles se insulta,

que es ley el asesinato,

que es el derecho una burla,

se oculta cabe una ceiba,

cabe una ceiba copuda.

Cuba puede ser esclava;

el Ariguanabo ¡nunca!

Por falta de agua en el mundo

no nos podemos quejar:

habitamos un planeta

que es líquido por demás.

El hombre, como es de tierra,

supone en su vanidad

que es también de tierra el mundo

siendo este mundo ¡la mar!

Aguas cubren nuestro globo;

la tierra es lo escepcional;

los llamados continentes

son islas y nada más;

y las más extensas islas

son escollos de la mar.

Se disolverá la tierra

como en el agua la sal,

aunque piense de otro modo

la mísera humanidad.

Para escarmiento del hombre,

que nunca escarmentará,

y castigo a su soberbia

ambición y necedad,

debiera regirse el mundo

por sufragio universal

entre todos los vivientes

de la tierra y de la mar.

Las primeras elecciones

si podían hacerse en paz,

darían la presidencia

con toda seguridad,

a alguna ballena, como

la que se tragó a Tomás.

Al morir en las playas vizcaínas

el claro Bidasoa,

se confunden sus aguas cristalinas

del turbulento mar entre las olas.

Lucha un momento con el golfo el río

entre desnudas rocas,

y se pierde, cual gota de rocío,

del verde mar en las saladas ondas.

Así también, para alcanzar la muerte

y merecer la gloria,

debe luchar la humanidad que es fuerte

como débil combate el Bidasoa.

Al morir Bidasoa en las rompientes

de la escarpada costa,

fecunda con su vida otras corrientes;

que no muere ninguna de sus gotas.

Lo mismo el hombre al fin de su carrera,

cuando su muerte lloran,

empieza a disfrutar en otra esfera

eterna vida de infinitas horas.

Cada cual prefiere el río

en donde empezó a nadar;

el Guadalquivir los unos,

los otros el Llobregat;

quien el Támesis o el Elba,

quien el ronco Paraná

este las linfas del Volga,

aquel las del Senegal;

pero yo que vine al mundo

en la ribera del mar,

entre vastos horizontes

que no se tocan jamás;

yo que amaba desde niño

su infinito más allá

y entendía su lenguaje

antes de saber hablar;

yo que el mundo he recorrido

con el insaciable afán

del que busca en esta vida

lo que no puede encontrar,

prefiero a todos los ríos

que sobre la tierra van,

una playa a donde lleguen

los borbotones del mar.

Ni el pacífico Mondego,

ni el sangriento Potomac,

ni los nacientes de Aguirre,

ni el Niágara singular,

ni los hielos de los Alpes,

ni el lago de Michigan,

ni los marullos del golfo,

del golfo de Samaná,

mi espíritu fortalecen

como las olas del mar

cuando se agitan rugiendo

en la inmensa soledad.

He recorrido la tierra

y he vivido en alta mar;

he visitado mil pueblos

en la guerra y en la paz;

he observado las naciones

que forman la humanidad,

y es la opinión que yo tengo

opinión universal:

que en Oriente y Occidente,

como en la región polar,

hay muchos montes y valles

de riente amenidad,

hay muchos y hermosos ríos,

pero solo existe un mar:

el mar que meció mi cuna

y mi tumba cubrirá.

[Cascais, 1874]

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