Museo de la Naturaleza y el Hombre
22/11/2017

«Aguadora», por Fátima Hernández Martín*

Aunque no fue igual y -por fortuna- esta vez quedó todo en un susto que me mantuvo inquieta mucho tiempo sin poder conciliar el sueño, he de contarles con gran pesar que emana de mi corazón lo que aconteciere aquel año, pues no en vano cuando se transita por amplios pasillos que reflejan historias ocultas de dolencias, desasosiego y tristeza, es menester recordarlas a la par que comprobar –de nuevo- que, a pesar de dolores desgarradores, extraños sinsabores, enigmáticos gritos o inesperadas desapariciones… todo queda compensado con el actuar de personas de alma noble que -a buen seguro- en algunas etapas de la vida destacan sobremanera cuando tienen ocasión de demostrarlo. Estos a los que haré mención, lo hicieron como poseedores de gallardía, pues participaron con extrema valentía en situaciones complejas en estos enclaves, ya de por sí regios, que pudieran estar más inclinados hacia otros menesteres, tal vez en el futuro al magisterio o simplemente a desarrollar pura sapiencia que –hay que reconocer- forman parte del devenir de todo un colectivo, el de los chicharreros. He de relatarles, con temor a no llevarme por la pasión que implica visionar el sitio cada día -desde que era niña- mientras camino hacia la fuente cercana a recoger el agua con que abastecer mi casa, que me llena de angustia recordar aquellas vidas que sufrieron entre alarmantes muestras de pavor y griterío, alaridos de intenso dolor, olor a ropajes chamuscados, sangrados incesantes desde brechas lacerantes imposibles de frenar por manos frágiles, aunque decididas; atmósfera cargada de humos de oscuras coloraciones… que no dejaron ni un instante decidir con sosiego cómo abordar el problema, afrontar solución a asunto tan desesperado. Aun así es complaciente, es digno de destacarse, lo repito, la bravía de aquellos que, aunque esperaban en la rada (en el encantador fondeadero isleño azotado aquel día por brusca resaca costera del nordeste) la orden de partida, los que viajaban a bordo de imponentes tonelajes que hacían rutas por el Atlántico indómito, bordeando el África misteriosa a la búsqueda incesante de puertos sofocantes y aventuras trepidantes, decidieron prestar ayuda, exponiéndose a destinos -tal vez- de sufrimiento certero y probable derrota.

Dicen que fue un sonido desgarrador lo que alertó del suceso pero que -días antes- ya deshilachadas nubes dibujaban extraños signos en el cielo, según se oía susurrar a viejas curanderas, como presagiando que algo espantoso ocurriría en la apacible construcción junto al barranco, por entonces henchido (era marzo) del resurgir espontáneo de matas y alargadas hierbas trepadoras, algunas de las cuales nos servían para buscar remedio a dolores de vientre y de garganta cuando no había reales para pócimas de boticario. Quizá también pudo deberse a que andábamos intrigadas y angustiadas con las nuevas que venían de allende los mares, de ultramar, pues sabíase por entonces que andaban los ánimos revueltos en Filipinas, se preveían cambios en carteras ministeriales, la de Guerra en concreto, y acababan de enterrar –con gran pompa y boato- al emperador Guillermo…

Cuando todo se desató, veíamos a la gente correr despavorida por los pasillos, buscando a familiares que llevaban tiempo allí alojados…Ya desde poco más del alba, a las ocho de la mañana, se presentía que algo no funcionaba y un tal Nicolás (conocido como el pintor) corrió para avisar a bomberos y a la iglesia próxima del suceso. Los vecinos -bajo el tañer incesante de campanas- acudieron con lo puesto (pues era temprano, recordemos) y comenzaron a derribar tapias a golpes para salvar a los dementes y otros internos que -presos de temor- rasgaban sus vestiduras y salían a la calle sin destino, golpeando y tumbando lo que encontraban a su paso… Plomo derretido –hablaron- caía sobre los cuerpos sudorosos de los que ayudaban (entre ellos el Alcalde – el bueno de Don Ulises- que a duras penas esquivaba las anchas y mortíferas lenguas ardientes que, desde las cañerías, se venían encima de su cuerpo gallardo y desinquieto). Un batallón de Artillería (siguiendo la voz del capitán, D. Federico) prestando auxilio, ora resbalaba por tierra, ora protestaba, pero al tiempo se levantaba con denuedo y volvía a entrar –todos juntos- entre llamas que se elevaban al cielo…Bajo órdenes estrictas, dadas por los que allí mandaban que se acataban sin oposición, se cortaron techos y tablados y tanto nervio fluía en el ambiente que –contábase por lo bajo con abatimiento-… una mujer se puso de parto a pesar de faltarle aún tres meses, siendo asistida en lugar discreto, no lejos del ala norte, por un barbero que decían (él presumía fanfarrón paseando por la rambla Sol y Ortega) tenía mucha experiencia de sangrador en La Habana y que hallábase en la Isla por circunstancias familiares, parece ser que por asunto de herencia de tierras de regadío. Los marinos franceses, que atracados en puerto esperaban su partida y habían pasado la noche anterior disfrutando de suculentos productos isleños y del cante de mujeres de ojos hermosos; presurosos y dispuestos, ocuparon las cocinas y con una bomba de agua (traída desde sus vapores) apagaron fuegos en algunas estancias de compleja distribución y laberínticos accesos, que a más de uno –cuentan- puso en apuro de muerte segura. Mencionaré a un tal Mataller, al que los galos llamaban Paul, Pablo parece ser que en nuestra lengua ha de entenderse, aguerrido mozo de 22 años que navegaba en el vapor Laprade y arriesgó su vida por salvar (colando su menudo cuerpo a través de un tragaluz a punto de quebrarse) la de algunos enfermos que estaban atrapados en una habitación contigua a la parte norte del edificio (¡pobres gentes ¡…se oyó gritar). Don Mateo (oficial barbián y arriscado), al frente de cuarenta marineros del cañonero Vulcano, atracado también en el fondeadero, ayudó de buena gana con todo lo que podía, pues no en vano los aires marineros dotan de especial compostura a todo aquel que osa pasar parte de su vida inhalando brisas salinas de Poseidón a la par que conduciéndose con rectitud.

La iglesia colindante se llenó de víctimas, supervivientes del terror vivido, siendo auxiliados por austeras damas de caridad, buenas mujeres que hasta sus propias viandas sacrificaron para auxiliar a los necesitados… ¡Vive Dios que aquellos instantes no los olvidaremos!…Seis horas de infierno… pues nunca sospechamos que algo así ocurriría en nuestros lares. Pero hete aquí que habremos de sacar enseñanza de este luctuoso acontecimiento pues, en la vida que a cada uno tocare disfrutar, hemos de estar preparados tanto para el infortunio como para la dicha, aunque siempre se prefiera esto último...naturalmente (ustedes me comprenderán y a buen seguro darán razón a mis humildes y angustiadas palabras).


Santa Cruz de Santiago de Tenerife, a cinco de mayo de 1924…


(Una aguadora)

Epílogo.- El Hospital de los Desamparados (conocido como Antiguo Hospital Civil de Santa Cruz de Tenerife) (según Cola Benítez, 2002) fue fundado por los sacerdotes hermanos Logman Van Udeen: Rodrigo (vicario de Santa Cruz) e Ignacio (beneficiado de la iglesia de Nuestra Señora de la Concepción), que lo construyeron, dotaron y sostuvieron a sus expensas, mientras vivieron en un solar cercano a la Iglesia (al otro lado del Barranco de Santos). El solar que había pertenecido al marqués de Adeje y conde de La Gomera fue cedido a tributo perpetuo a dichos fundadores el 30 de abril de 1745, comenzando a funcionar como tal en 1753 (con capacidad para unas treinta camas).

Según Cola (op.cit.) como era usual entonces, no solo se admitía enfermos, sino también ancianos. Sus primeras instalaciones eran pobres y rudimentarias: salas para los enfermos, una para hombres y otra para mujeres, enfermería, cocinas, patios comunes y poco más… Los accesos y la fachada principal se situaban hacia el este, es decir, hacia el lado del mar, calle que se llamó del Hospital; el lado Norte, paralelo al cauce del barranco de Santos, lo ocupaba la capilla del propio hospital, también fundada por los hermanos Logman. Había un cementerio hacia el oeste, tras el presbiterio de la iglesia que, aunque se utilizaba y para el que incluso se hizo un proyecto de cerramiento, nunca llegó a terminarse del todo, ya que a partir de 1810-1811, con la creación del cementerio de San Rafael y San Roque, se dejó de enterrar en el Hospital. Barranco arriba, huertas y corrales para animales que llegaban hasta las inmediaciones de la ermita de San Sebastián, y de cuyos productos se ayudaba el abastecimiento del mismo hospital.

No hay que olvidar que en los primeros años de muchas dificultades y obras ininterrumpidas, el huésped más ilustre de la institución fue el insigne hijo de La Matanza de Acentejo y uno de los más brillantes militares de su tiempo, el teniente general Antonio Benavides Molina, antiguo gobernador de La Florida, de Veracruz y de Yucatán, que había buscado aquí, por humildad cristiana, un refugio para sus últimos días, falleciendo el 9 de enero de 1762, después de dejar cuanto tenía a los necesitados y en la más absoluta pobreza, y que está sepultado en la iglesia de la Concepción. Al menos hasta 1756, el general Benavides no sólo contribuyó con su no muy abundante peculio a las obras que se realizaban, sino que en gran parte costeó los gastos de los enfermos.
El año 1862 marca el inicio del proyecto de D. Manuel de Oráa, para una nueva fachada y en 1881 diez monjitas pertenecientes a la orden de las Hermanas de la Caridad se incorporan al cuidado de los enfermos, lo que redundó de forma importante en beneficio de los mismos. Pero… no eran tiempos de abundancia pues, ya en 1888, el capellán del hospital presentó su dimisión acosado por el hambre, según expuso en su alegato y a algunos empleados se les debía hasta quince meses de sueldo.

Según Cola Benítez (2002), en 1884 comenzó a derribarse la antigua e histórica capilla, para dar paso al nuevo frontis del edificio, paralelo al cauce del barranco. Se trataba de una capilla muy bien dotada desde los tiempos de los hermanos Logman y en ella llegó a custodiarse la Cruz Fundacional de Santa Cruz al ser retirada del exterior de la ermita de San Telmo -donde se había colocado al derruirse la capilla que la guardaba en la placeta de su nombre-, además de la imagen del Señor de las Tribulaciones, que hoy se venera en la iglesia de San Francisco. Pero… cuando parecía que las obras y mejoras adquirían un ritmo más continuado, ocurrió un percance que constituyó un grave inconveniente para la marcha del centro. El 17 de marzo de 1888 se declaró un incendio en sus instalaciones que destruyó casi toda la parte antigua del edificio y que no llegó a afectar a las últimas obras que se habían efectuado, gracias a la colaboración de los marineros y las bombas de dos buques de guerra franceses que se encontraban en ese momento en el puerto (Laprade y Pourvoyeur), así como el cañonero español Vulcano. A pesar de toda la ayuda recibida, se produjeran dos víctimas mortales, caso de unas niñas que estaban internadas (ver periódico Las Canarias de la fecha).

Las obras de reconstrucción comenzaron inmediatamente, con aportaciones de muy diversa índole. Así, la compañía aseguradora pagó unas 37.000 pesetas, la Reina Regente contribuyó con un donativo de 3.000, la colonia Canaria de Montevideo envió 10.000, la Asociación Canaria de Beneficencia de La Habana, 3.757 y el Ayuntamiento del Puerto de la Cruz contribuyó con 500.
Esta segunda etapa fue dirigida por el arquitecto Manuel de Cámara y los trabajos se realizaron con bastante continuidad, teniendo en cuenta la época en que se realizaron. El 3 de noviembre de 1897 se instaló sobre el frontón la imagen de bronce, que representa la Caridad, traída desde París y donada por el inspector del establecimiento D. Santiago de la Rosa (por entonces ya difunto).
En 1924 se adquirieron varias casas colindantes de la calle de San Sebastián que permitieron la creación de nuevas salas y dependencias. Sin embargo, otro siniestro, aunque de menores proporciones, se produjo por fuego en mayo de 1924; dañando especialmente a viejas dependencias lindantes con la calle antes mentada, que de todas formas se iban a ver afectadas por las obras de ampliación que estaban en marcha. En el momento de la alarma se trasladaron todos los enfermos a la iglesia de la Concepción, donde provisionalmente se acogieron… al igual que había sucedido años antes.

Ambos sucesos quedaron reflejados en los periódicos de la época que dedicaron grandes titulares a uno de los edificios más bellos y emblemáticos de nuestra urbe, al que cantaban los emigrantes desde el puerto, cuando marchaban hacia destinos (en busca de fortuna)…lejos de su tierra.

El Antiguo Hospital Civil de Tenerife es hoy en día flamante Museo de la Naturaleza y El Hombre. Dependiente del Cabildo Insular de Tenerife, integra a los museos de Ciencias Naturales, Arqueológico y al Instituto de Bioantropología, estando considerado una de las instituciones museísticas más prestigiosas a nivel internacional, por sus planteamientos de vanguardia en relación a colecciones, investigación y exposiciones del patrimonio natural y cultural de Canarias en particular y la región macaronésica en general, tal y como aventuró una aguadora en 1924 y no, no se equivocaba…

*Fátima Hernández Martín es directora del Museo de Ciencias Naturales de Tenerife

N.-Pie de fotografías:

  • Antiguo Hospital Civil (antes de 1897).
  • Aguadoras de Fuente Morales (chorro de agua colindante con el Hospital).
  • Detalle de la capilla que albergaba el edificio.
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