MHA Casa Lercaro
11/10/2016

Retomando las cosas en serio

Recopilación de la participación de los visitantes

Las exposiciones cierran sus puertas, pero tras ellas quedan infinidad de tareas por realizar. En el caso del proyecto «Las persona y las cosas», una de las acciones que formaron parte del mismo ha dejado tras de sí más de 650 intervenciones del público que visitó los espacios expositivos. La sala de «Tomando las cosas en serio» fue el resultado de un experimento participativo, propuesto por Fernando Estévez, en el que las personas debían registrar las cosas tocadas durante veinticuatro horas. El objetivo fundamental era mostrar tanto la enorme cantidad de objetos que utilizamos a lo largo del día, como su variedad según las diferentes tareas y ocupaciones; tantas que, viéndolas todas juntas, pudiéramos asimilar no solo nuestra dependencia de ellas, sino el hecho de que, sin ellas, la vida social sería imposible. 

De la treintena de personas que participaron remitiendo sus listas de objetos tocados en las mismas 24 horas, la más joven tenía 13 años y la más veterana 66. La media de edad rondó los 30-35 años y se contó con una participación bastante igualitaria en cuanto al género se refiere. El vaciado de las 30 listas dio como resultado la mención de 430 objetos, muchos de ellos repetidos en el 80% de las listas.

Pero la sala de la exposición ofrecía al público visitante la posibilidad de intervenir respondiendo a cuestiones sobre el objeto que habían echado en falta en el listado, su objeto preferido, su objeto imprescindible o el objeto que más les definía. El vaciado de esa participación ha sacado a la luz más de 650 respuestas en varios idiomas, con muchísimas coincidencias en lo que al uso de las nuevas tecnologías se refiere: móviles, tabletas, ordenadores portátiles, consolas de videojuegos… Pero, igualmente, han mostrado unos 400 objetos diferentes, en muchos de los cuales el determinante «mi» hacía hincapié en el aprecio y el valor que se volcaba sobre dicho objeto: mi portaminas, mi biblia, el anillo de mi abuelo, mi perfume, mi vibrador, mi violonchelo, mi libro de El Principito, mi cubo de Rubik…

Y detrás de cada participación parece atisbarse una historia. Porque la vida cotidiana es el terreno donde con mayor claridad se aprecian las relaciones entre personas y cosas, y donde, al mismo tiempo, las cosas pasan más desapercibidas justamente por la reiteración de su uso. A lo largo del día, todas nuestras actividades y tareas dependen y son mediatizadas por un sin fin de objetos y artilugios. Objetos banales, objetos triviales, pero también otros valiosos, apreciados. Unos y otros conforman nuestras vidas, nos constituyen a nosotros mismos como personas, como pareja, como miembros de una familia. Es el caso de una participación en la que se desglosaban los objetos preferidos, imprescindibles y definitorios de su madre, su padre, su hermano y ella misma.

Y es que, en el dominio de la vida cotidiana es donde mejor podemos apreciar que, aunque las cosas no tienen vida propia, son imprescindibles para que esta fluya. Quizás entonces, ya no se trata simplemente de usarlas, sino de cuidarlas para entender qué vida tenemos y cómo la vivimos. En fin, lo miremos como lo miremos, hay que tomarse las cosas en serio.

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